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jueves, 27 de octubre de 2011

De Plomero a Candidato








Para aquellos que recuerdan la campaña presidencial de los Estados Unidos de 2008, el señor de la foto, Samuel Wurzelbacher (algo así como "Uorselbajer") saltó a sus quince minutos de fama al cuestionar la política de impuestos a los pequeños negocios propuesta por el entonces candidato y senador demócrata por Illinois, Barack Obama. En una conversación improvisada en una calle en Ohio, Wulrzelbacher le comentó a Obama ser un plomero que se vería afectado por un alza en los impuestos de ganar Obama, y que sus posibilidades de surgir se verían limitadas si tal tributo se ponía en efecto.  De ahí pasó a ser conocido simplemente como "Joe The Plumber" (El Plomero) y su notoriedad sería posteriormente impulsada por el uso que hizo Sarah Palin de su nombre y su ejemplo como estandarte del trabajador norteamericano.  Luego Joe pasó a escribir un libro y comenzar una carrera como conferencista motivador.  Hoy en Fox News, en el programa de Megan Kelly, anuncia su candidatura como representante por el partido Republicano al estado de Ohio para las elecciones de 2012. 

Hago mención de Joe el Plomero, porque he notado que en Venezuela no tenemos muchos ejemplos de ciudadanos comunes y corrientes que hagan la transición hacia la política y efectivamente logren un cambio en su entorno, comunidad o ciudad.  Y esto es así porque los ciudadanos comunes y corrientes en Venezuela vemos la política como algo muy cercano a nosotros pero que no nos llega a tocar lo suficiente como para hacernos entrar en ella de lleno dejando atrás nuestros trabajos, nuestras cómodas oficinas y nuestros fines de semana de parrillas y viajes a la playa. Vivimos la política intimamente, pero sentimos que es algo reservado a los partidos y salvo que tengamos alguna militancia en uno de ellos, en Venezuela la política pertenece unicamente a los políticos de "oficio".

Ejemplos existen, sin embargo, de personas que decidieron aventurarse en la política, y a colación quiero presentar tres claramente definidos: El primero y menos conocido es un personaje "pintoresco" del pueblo venezolano, a quien solo recuerdo con el nombre de Pedroza, hombre ataviado de un tabaco y un sombrero que no contaba con partido popular alguno (no que se sepa) y que decía que los políticos eran unos "vagamundos".  La última vez que supe algo de él, fue hacia las elecciones de 1978. 

El segundo personaje no político que quiero comentar fue Renny Ottolina, querídisimo y recordado en la psique colectiva de Venezuela, aún después de tantos años de su muerte.  Renny murió (en circunstancias que algunos llaman "misteriosas") a pocos meses de celebrarse las elecciones presidenciales de 1978 que serían ganadas por Luis Herrera Campíns en la cumbre del Copeyanismo en Venezuela.  Renny se lanzó a la presidencia (y acumuló seguidores) porque sentía que un cambio debía llevarse a cabo en el país, ya para esa época con visos de alta corrupción y delincuencia.  Murió en las montañas cuando su avión se estrelló, y jamás supimos de qué puesto hubiera llegado de estar vivo para aquellas elecciones.

El tercer y más reciente ejemplo fue Irene Sáez, quien desarrolló una carrera exitósa de gestión al frente de la Alcaldía de Chacao y posteriormente al frente de la Gobernación de Nueva Esparta. Y digo "carrera de gestión" y no política, porque  si bien estudió Ciencias Políticas luego de su reinado como Miss Universo, no podemos decir que fue política de carrera, ya que durante su incursión aprendió al igual que Renny y Pedroza, cómo se bate el cobre en política, aunque ninguno de los tres logró tomar el palo que lo batía.

Cada uno de estos tres personajes descubrió a su manera, que en Venezuela si no se es político de profesión y se decide hacer carrera, lo más probable es que te utilicen o te desechen.  Así como era obvio que nadie tomaría en cuenta a Pedroza quien destacaba más por su pinta "juanbimbística" que por su preparación profesional (la cual tengo entendido era nula) era también obvio que Renny parecía cernirse como una amenaza sobre los partidos del "establishment" polarizado de los años 70 y de la misma manera, obvio también la manera como en la memoria colectiva de todos permanece latente la idea de la "utilización" que de la imagen de buena gestión de Irene Saéz hicieron AD y Copei (bajo el "mastermind" Alfaro Ucero) para combatir con Hugo Chávez y perder miserablemente las elecciones en 1998.

El mensaje de los partidos a los  venezolanos comunes y corrientes es éste: "No se metan en política, solo voten por nosotros".  Nosotros, ciudadanos políticamente inmaduros que somos, aceptamos el mensaje y vemos los toros desde la barrera, como "Managers de Tribuna" parafraseando al Ciudadano Leopoldo Castillo.  Otros ejemplos de "espontáneos" existen pero su final no ha sido muy feliz.  Algunos recuerdan con risa o lástima a candidatos como El Brujo, Cristobal Jiménez u otros de menor monta inclusive pero todos, sin excepción, solo forman parte de la historia electoral venezolana, hoy ya casi extinta. 

Estos fenómenos como el de "Joe  El Plomero" se generan en países en donde los ciudadanos entienden que deben tomar las riendas, participar, dar su opinión y ofrecer sus ideas, pero también corriendo el riesgo de ser utilizados por partidos que los ven como "plataformas".  Así como los Republicanos utilizaron a Arnold Schwarznegger para ganar las elecciones de la Gobernación de California, muchos partidos no dudarán en utilizar a cualquiera que sientan que tiene "arrastre" para capitalizar una victoria en territorios que ven en peligro frente a partidos opositores.

Esto nos plantea el siguiente dilema: ¿Qué hacer frente a la maquinaria de un partido político que nos quiere apoyar?  La situación es un poco antagónica antes que simbiótica, porque estamos como durmiendo con el enemigo, sintiendo que cuando no le sirvamos de mucho entonces nos desterrará políticamente, haciéndonos caer en el olvido tan rápido como nos puso en la fama.  Formar nuestro propio partido parece una odisea fantástica pero francamente de díficil realización.  

Nuestra misión no es convertirnos en Joe el Plomero sino convertirnos en electores maduros y educados que reclamen a sus representantes, diputados, concejales, ministros y hasta el Presidente mismo, que hagan su trabajo, que presenten sus cuentas y sus gestiones de forma correcta.  Los ciudadanos venezolanos (y latinoamericanos en general) nos comportamos bajo un estilo de "Vote and Forget", descansando en el político elegido el peso de nuestras promesas, expectativas, sueños y proyectos, sin hacerles el seguimiento debido, solo castigando en las próximas elecciones, siempre con el "Next" por delante.   

Nuestros reclamos deben ser organizados, exigentes y formales, no solamente como gritos desesperados en Twitter u otras redes sociales, sino a través de la confrontación a los representantes mismos.  Así como en otros países se les envían cartas, comunicaciones, correos y protestas, de la misma manera debemos hacerlo nosotros.  Inclusive debemos hacerselos saber antes de elegirlos, escogiendo bien a quiénes elegimos y para esto, las próximas elecciones a precandidatos a las primarias representan una oportunidad dorada para comenzar a comportarnos así.  Mientras los partidos nos consideren votantes sin derecho a hacer política, seguiremos en manos de ellos y de los candidatos que ellos, dentro de su cogollo, escojan.


Juancé Gómez




domingo, 23 de octubre de 2011

¿Son realmente necesarias las Fuerzas Armadas en Venezuela?




Parte I


Una mañana de febrero de 1992, en nuestras pantallas de televisión irrumpió el rostro desafiante de un militar conocido para muy pocos –medio orejón él- que se dirigía a sus compañeros “de armas”, indicándoles por medio de las cámaras el no haber podido cumplir con sus objetivos y dando nacimiento a aquella famosa frase del “por ahora”.

“Por ahora”.  Frase que para muchos se convertiría a partir de aquél momento triste de la nación en el recordatorio morboso de alguien que, muchos interpretaron, había tenido “las que te conté” para hacerle frente a Carlos Andrés Pérez y  ultimadamente, al sistema democrático en pleno.  Días después de aquella “asonada” militar y restablecido el orden, muchos asentían y en silencio aprobaban aquel acto de desafío máximo, de desconocimiento pleno a las instituciones y de “valentía” de un grupo de tenientes coroneles frente a un gobierno constitucional y democráticamente electo.  Otros tantos llevaron este apoyo hasta el Cuartel San Carlos y la cárcel de Yare, y muchos que anteriormente militaban en partidos del “establishment” criollo salieron a ofrecerse a la causa del militar golpista, secretamente sugiriéndole que continuara con “su lucha” y jurándole lealtad a través de los barrotes de su encierro.  Un nuevo héroe había nacido. 

El resto es historia por todos harto conocida.  El punto de reflexión que queremos destacar aquí es, precisamente, ese momento histórico en que Hugo Rafael Chávez Frías reta y hace tambalear a las instituciones y de repente descubre (para beneficio posterior suyo y desgracia consecuencial del país) lo débiles de sus bases y lo endeble de su andamiaje.  Descubre que como en el dominó, jorungando un poco al contrario se le ven las costuras y que nadie –en el caso de las instituciones- salió en su defensa, salvo algunos juristas altamente respetados pero poco escuchados y políticos de partidos cuya credibilidad quedó igual de lastimada que las mismas instituciones de la nación.   De repente empezamos a descubrir que vecinos, compañeros de trabajo y familiares eran “pro-golpe” o al menos se solazaban de ver corriendo al Presidente de los militares que le acechaban el día del fatídico golpe.

Los venezolanos hemos tenido históricamente un “love affaire” con las gorras militares, en una relación de amor odio digna de cualquier diván.  Adoramos los desfiles, pero detestamos a los militares que nos reprimen.  Pareciera que el intento de golpe de militar de Chávez reforzó  el pensamiento que los venezolanos admiramos más los “cojones” que los “sesos” y que para nosotros pareciera tener más valor un valiente que un pensante. 

Este amorío con el uniforme nace desde nuestro nacimiento como república libre, luego de libradas las guerras de independencia.  “O sacerdote o militar” eran las opciones para seguir carreras decentes.  La alternativa era ser pobre, peón, de tercera.  En 1835, la llamada “Revolución de las Reformas” fue la primera de una hilera de “revoluciones” y “golpes” que se sucedieron – y suceden- en nuestra historia contemporánea cada tantos años.  Y la amenaza continúa. Los saldos como consecuencia de estos levantamientos siguen pasándonos factura todavía.


Este breve resumen, inmediatamente nos hace detenernos y formular la pregunta sin cortapisas ¿Es realmente necesario tener Fuerzas Armadas en Venezuela? La pregunta, de por sí, resulta chocante y hasta descabellada, por eso la haremos de nuevo: ¿Es realmente necesario mantener una estructura armada en Venezuela? Para darnos una respuesta sanadora al conflicto que la pregunta como tal genera, repasemos los motivos por los cuáles se tienen fuerzas armadas en diversos países:

1.)    Defensa de la Soberanía Nacional: La soberanía entendida geográficamente como los límites espaciales del territorio donde reside una nación.

2.)    Amenazas de otros países: La defensa contra invasores, colonizadores o enemigos de nuestro sistema de vida o nuestros ciudadanos, dentro o fuera del país.

3.)    Amenazas dentro del país mismo: La defensa contra nosotros mismos, cuando nuestros congéneres se vuelcan en contra de nosotros.  Preservación del orden interno.

4.)    Defensa del “honor” y los símbolos patrios: El gentilicio amenazado por culturas foráneas, o vilipendiado por extranjeros.

Aparte de estos motivos, podríamos agregar también las fulanas “ayudas humanitarias”, misiones de paz que parten hacia los confines de la geografía nacional o del mundo, a prestar ayuda en caso de siniestros, catástrofes naturales o guerras civiles, precisamente, en otros países, como los Cascos Azules de las Naciones Unidas. 



Analicemos entonces, cada uno de estos “motivos” que teóricamente, justificarían la existencia de fuerzas armadas en un país como Venezuela.  La Defensa de la Soberanía Nacional es la primera que nos viene a la mente.  Comenzamos a hilar involuntariamente conceptos familiares entre sí tales como fronteras, tierra, ciudades, recursos naturales, ciudadanos, país, y caemos en cuenta que la primera razón es una de defensa de aquellos valores que consideramos intocables y únicos a nuestra nación como ente abstracto.  Sin embargo, para asumir una posición de defensa, en primer lugar, debemos sentirnos amenazados, de lo contrario, defendernos de alguien que no nos amenaza es un contrasentido.  Esto nos lleva entonces a la segunda razón para sostener una estructura militar en un país: La amenaza de otros países.  En el caso de Venezuela, salvo el bloqueo naval impuesto en 1902-03 por Italia, Alemania e Inglaterra por motivos económicos, históricamente nuestro país no tiene rencillas con otras naciones que justifiquen armarse y permanecer alertas ante conflictos armados.  Repasando la historia patria de los últimos 50 años, surgen solamente tres incidentes dignos de mencionar y que tampoco justificarían sostener la estructura bélica que tenemos actualmente.  El primero fue la “invasión” de subversivos comunistas provenientes de Cuba a las playas de Machurucuto en 1967; el segundo el incidente con la fragata colombiana Caldas en 1987, y el tercero la colocación de las tanquetas en la frontera con Colombia en 2010, evento de mas reciente data protagonizado por el actual Presidente de la República.  Del resto, no figuramos en ningún conflicto mayor, ni en guerras mundiales, ni en pleitos tipo las dos Coreas o los dos Vietnams.  Nada, no tenemos enemigos o amenazas que justifiquen gastos exorbitantes como los que actualmente se sufragan en “defensa” de la nación.  Las amenazas al sistema jurídico nacional han sido protagonizadas principalmente por los militares mismos.  Desde 1835 hasta la actualidad, los militares nacionales han sido los principales protagonistas de doce ataques directos a la institucionalidad y el orden jurídico y constitucional establecido en el país.  Siempre a su vez, han conseguido justificar sus acciones violatorias de la legalidad en motivos como el restablecimiento del orden o el fin de sistemas corruptos que ya perdieron su legitimidad.  Lo curioso es que a través de actos ilegítimos han buscado “subsanar” políticas de gobiernos que en su criterio actúan de manera ilegitima, como si la violación de la ley fuera motivo para violarla de nuevo en la búsqueda de la solución al supuesto problema.

Por último, la defensa del Honor y los Símbolos Patrios han sido la excusa más burda que existe para dar rienda suelta al chauvinismo que sufren muchos ciudadanos de un país, quienes entienden el “patriotismo” como la acción de andar tarareando las estrofas del himno nacional o tener izada una bandera en la puerta de su casa.  Si un extranjero habla mal de nosotros es una “amenaza foránea” y si un nacional habla mal de su propio país es un “traidor a la Patria”. 

Muy por el contrario, han sido los militares precisamente los que han atacado en múltiples ocasiones a los ciudadanos mismos de la nación por medio de asesinatos, torturas, represión y violación de derechos humanos en Venezuela.  Han sido los militares quienes han permanecido a la espera de los tambaleos civiles para justificar el despliegue de tanques y aviones, soldados y municiones con la paupérrima excusa de “restablecer el orden”.  Lo grave de esto es que no existe en los textos legales, comenzando por la Constitución Nacional, una ley, orden o siquiera inferencia alguna que le de autorización a las Fuerzas Armadas de intervenir militarmente en medio de crisis políticas.  Sin embargo, seguimos rehenes de los militares y estamos a merced de sus armas y sus decisiones. 

En la actualidad, haciendo un balance objetivo de los beneficios que hemos obtenido con la presencia del aparato militar en la vida del país, el resultado es pobre y desolador: abusos de autoridad, desconocimiento de las instituciones, represión, corrupción, arbitrariedad, persecuciones y la cifra desconocida de muertos a manos del régimen militar, tanto el actual como los pasados.  En la actualidad los mayores privilegios los poseen los militares y haciendo aún más memoria, siempre fue así.  En tiempos de la mal llamada “IV República”, los militares gozaban de fueros inalcanzables para el resto de los mortales como importación de vehículos, beneficios sociales, exoneraciones fiscales y aduanales, carnets y placas de autoridad…todos lo recordamos porque todos lo vivimos. 

De la infraestructura nacional existente, si bien muchos hablan de las “maravillas de mi General Marcos Pérez Jiménez” y de cómo construyó carreteras, hoteles y edificios, sería bueno indagar si los albañiles y constructores de aquellas obras eran sargentos y cabos que pertenecían al ejercito.  Lo dudo ampliamente.   En el ámbito político, nuestra inercia ciudadana ha permitido que la influencia militarista permee la capa civil de la vida nacional, al punto en el que hoy en día vemos generales en cualquier posición de gobierno, desde las empresas básicas del estado hasta ministerios que en nada tienen relación al tema militar.  En resumidas cuentas, el aporte que las Fuerzas Armadas han hecho a Venezuela como la conocemos hoy, lejos de ser positivo ha sido un total y absoluto desastre, en el cual nos encontramos con un elefante blanco que dentro de la paranoia natural a su condición militar nunca se siente seguro y por eso malgasta los dineros de la nación comprando cada día más y más armas, sistemas de defensa, aviones, municiones, uniformes que no tienen sentido de ser, si no para alimentar las arcas de la igualmente voracidad que viene acompañada con el uniforme militar.  Sin militares la matraca no se puede hacer valer.

 En la próxima entrega hablaremos acerca de los beneficios que nos dejará como país prescindir de las Fuerzas Armadas. 

Juancé Gómez