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jueves, 27 de octubre de 2011

¿Son realmente necesarias las Fuerzas Armadas en Venezuela? (Parte II)






Parte II

Como les comentara en  mi primera entrega, y agradeciéndole al Presidente el material que constantemente me regala para apoyar mi postura, las Fuerzas Armadas en Venezuela han mantenido una posición privilegiada dentro de la vida del país.  Si a PDVSA se le acusó de ser una caja negra, a las FFAA le aplica el término de "Caja Fuerte", por su hermetismo y total divorcio de la convivencia con la nación.  PDVSA producía dinero para el país, mientras que las Fuerzas Armadas lo que han hecho es derrocharlo, comprando armas innecesarias para defendernos de nadie, construyendo viviendas para sus propios miembros y manteniéndose a la vez, protegidas de toda intromisión civil.  Atrás quedaron los tiempos en que para algo servían los batallones de ingeniería que construían carreteras y hospitales: Hoy sirven para reprimir al pueblo, cerrar y expropiar haciendas y fábricas, serviles bajo las órdenes del Comandante en Jefe.


Nos preguntamos indignados, porqué los militares se arrodillan (literalmente) frente a la figura del Presidente, y nuestra mente civil nos impide entender lo que para el militar es sólo un comportamiento natural: sumisión disfrazada de disciplina.  En la mente del militar no existen los conceptos que para los civiles son la base misma de la convivencia tales como libre albedrío, contraposición de opiniones, discusión, consenso.  El militar ejecuta ordenes, no las discute.  El militar entiende que, sometiéndose a sus superiores, encuentra consuelo en someter a sus subordinados y así sucesivamente.  Mientras más escale en jerarquía y rango, mayor será la cantidad de rangos inferiores que se someterán a sus órdenes.  Es por eso que para los miembros de las Fuerzas Armadas ver como un militar, un Teniente Coronel "Don Nadie" antes del golpe de 1992, llega a la cúspide del poder en el país, representa una imágen casi divina, digna de admiración.  Ese militar desde el olimpo de Miraflores les dice, tácitamente: "Yo soy militar, y mira adonde llegué"


En Venezuela, el mundo civil no comprende esta manera de pensar del estamento militar.  Así como en otras fuerzas armadas se mantienen cerradas las filas en asuntos espinosos como la homosexualidad dentro de sus filas (Don't ask, don't tell) en el caso de los Estados Unidos, o el abuso mismo del cual son acusados actualmente los Cascos Azules de la ONU por supuestos abusos contra civiles en Haití, la milicia es callada y permisiva para con los abusos que sus miembros cometen en el "ejercicio de sus funciones".  La costumbre de la violencia (tanto dentro de sus propios miembros como con civiles o enemigos) les permite actuar de forma brutal en muchos casos, sin las valoraciones que los civiles hacemos de dichos actos.


Ayer mismo, el Presidente decreta sumar más privilegios a los ya privilegiados militares, aumentándoles en 50% el sueldo y exonerándolos del pago de cuotas iniciales para la compra de viviendas o automóviles.  Si bien mucho se comenta que estas dádivas responden a un miedo del Presidente para que los militares no lo saquen del poder por la vía armada, considero particularmente que no es otra cosa que la manifestación expresa de la única manera de vida que conoce Chávez como buen militar y que no es otra que colmar a sus colegas, a sus compañeros de armas de los beneficios que la institución armada ofrece a aquellos que como él, han hecho su carrera y han entregado su vida al uniforme y a la gorra. 


Sin embargo, para no restarle importancia a los que comentan que hay "miedo" en Miraflores, cabe el análisis de esta posición con la siguiente reflexión: Si en Venezuela, tanto el gobierno como la oposición tienen que "coquetear" con los militares para que inclinen la balanza del poder, entonces tenemos un problema gravísimo porque nuestra vida "civil" depende, precisamente, del antónimo perfecto como lo son los militares.


¿Quiénes son, al final del día, los militares? Si hacemos recuento de los orígenes de todos los oficiales, sub-oficiales y tropas regulares hoy en las FFAA, nos daremos cuenta de una constante:  Los militares provienen, en su gran mayoría, de extractos humildes de la población.  Las clases media y alta no envían a sus hijos a la Academia Militar para asegurar su futuro, mientras que el pobre considera la carrera militar como una alternativa, en la que se aseguran escalar posiciones económicas de forma relativamente estable.  Aguantando unas cuantas "mierderas" (término utilizado en los cuarteles para referirse a castigos por vía de ejercicios físicos), se logra conseguir una casa, un apartamentico, unos estudios y compras privilegiadas en el IPSFA o en otros lugares.  Si tienes la suerte como recién graduado, te envían a algún puesto fronterizo o de aduanas adonde aprendes a "matraquear" pescadores, "raquetear" indocumentados o como premio gordo, decomisar contrabandos que van desde cajas de cigarrillos hasta alijos de droga.  Toda una universidad de corrupción que servirá en tiempos posteriores.


El militar es un chulo profesional.  Es un parásito del sistema.  Es una chinche institucional.  El militar entiende que posee la fuerza y la coerción física para extorsionar desde individuos hasta sistemas, y no duda en hacer despliegue de esta fuerza para amedrentar y dar rienda suelta a su falta de educación, modales y cultura.  En la mente de muchos todavía resuena el eructo de Acosta Carléz tomando Coca Cola cuando a nombre de la gloriosa revolución bolivariana, allanó sus instalaciones en Valencia en el año 2003.






Muchos comentaristas repiten incesantemente el mismo postulado acerca de la "institucionalidad" de muchos militares dentro de las fuerzas armadas. Mi posición es que los militares, permitiendo la intromisión dentro de sus filas de elementos externos como el G2 cubano, izando banderas cubanas en sus cuarteles y observando los abusos que diariamente cometen sus colegas dentro de la supuesta institución a la cual pertenecen han perdido toda legitimidad como institución considerada "decente" o "guardiana de la democracia".  Si existen oficiales "institucionales" deberían, como mínimo, retirarse si no desean enfrentarse a los abusos o combatirlos, denunciarlos y asumir las consecuencias que esto acarree.  Su silencio y su inacción los hace cómplices y la neutralidad en estos casos es inexcusable, dada la alta polarización en la que se encuentra el país.  Abiertamente manifiesto mis dudas acerca de los militares "institucionales" dentro de las Fuerzas Armadas.  Creo que todos son parte de la misma hipocresía.


Una Venezuela sin militares.  Qué silencio espiritual nos produce esta frase, cuando llegamos a pensarla e internalizarla como hecho hipotético.  ¿Una Venezuela sin ejercito? Suena a una locura digna de una lobotomía. 


Venezuela puede llegar a materializar esto.  Avanzar como país es un proceso que tiene e implica cambios radicales.  En mi tercera y última entrega me referiré a la manera cómo nos beneficiará a todos los venezolanos despojarnos de estos individuos parasitarios de nuestra vida civil.  Si bien comenté esto al cierre de la primera entrega y por esto pido excusas, debo admitir que los últimos hechos me obligan a cimentar más los motivos por los cuales debemos convencernos de salir, definitivamente, de las Fuerzas Armadas en Venezuela.


Juancé Gómez

domingo, 23 de octubre de 2011

¿Son realmente necesarias las Fuerzas Armadas en Venezuela?




Parte I


Una mañana de febrero de 1992, en nuestras pantallas de televisión irrumpió el rostro desafiante de un militar conocido para muy pocos –medio orejón él- que se dirigía a sus compañeros “de armas”, indicándoles por medio de las cámaras el no haber podido cumplir con sus objetivos y dando nacimiento a aquella famosa frase del “por ahora”.

“Por ahora”.  Frase que para muchos se convertiría a partir de aquél momento triste de la nación en el recordatorio morboso de alguien que, muchos interpretaron, había tenido “las que te conté” para hacerle frente a Carlos Andrés Pérez y  ultimadamente, al sistema democrático en pleno.  Días después de aquella “asonada” militar y restablecido el orden, muchos asentían y en silencio aprobaban aquel acto de desafío máximo, de desconocimiento pleno a las instituciones y de “valentía” de un grupo de tenientes coroneles frente a un gobierno constitucional y democráticamente electo.  Otros tantos llevaron este apoyo hasta el Cuartel San Carlos y la cárcel de Yare, y muchos que anteriormente militaban en partidos del “establishment” criollo salieron a ofrecerse a la causa del militar golpista, secretamente sugiriéndole que continuara con “su lucha” y jurándole lealtad a través de los barrotes de su encierro.  Un nuevo héroe había nacido. 

El resto es historia por todos harto conocida.  El punto de reflexión que queremos destacar aquí es, precisamente, ese momento histórico en que Hugo Rafael Chávez Frías reta y hace tambalear a las instituciones y de repente descubre (para beneficio posterior suyo y desgracia consecuencial del país) lo débiles de sus bases y lo endeble de su andamiaje.  Descubre que como en el dominó, jorungando un poco al contrario se le ven las costuras y que nadie –en el caso de las instituciones- salió en su defensa, salvo algunos juristas altamente respetados pero poco escuchados y políticos de partidos cuya credibilidad quedó igual de lastimada que las mismas instituciones de la nación.   De repente empezamos a descubrir que vecinos, compañeros de trabajo y familiares eran “pro-golpe” o al menos se solazaban de ver corriendo al Presidente de los militares que le acechaban el día del fatídico golpe.

Los venezolanos hemos tenido históricamente un “love affaire” con las gorras militares, en una relación de amor odio digna de cualquier diván.  Adoramos los desfiles, pero detestamos a los militares que nos reprimen.  Pareciera que el intento de golpe de militar de Chávez reforzó  el pensamiento que los venezolanos admiramos más los “cojones” que los “sesos” y que para nosotros pareciera tener más valor un valiente que un pensante. 

Este amorío con el uniforme nace desde nuestro nacimiento como república libre, luego de libradas las guerras de independencia.  “O sacerdote o militar” eran las opciones para seguir carreras decentes.  La alternativa era ser pobre, peón, de tercera.  En 1835, la llamada “Revolución de las Reformas” fue la primera de una hilera de “revoluciones” y “golpes” que se sucedieron – y suceden- en nuestra historia contemporánea cada tantos años.  Y la amenaza continúa. Los saldos como consecuencia de estos levantamientos siguen pasándonos factura todavía.


Este breve resumen, inmediatamente nos hace detenernos y formular la pregunta sin cortapisas ¿Es realmente necesario tener Fuerzas Armadas en Venezuela? La pregunta, de por sí, resulta chocante y hasta descabellada, por eso la haremos de nuevo: ¿Es realmente necesario mantener una estructura armada en Venezuela? Para darnos una respuesta sanadora al conflicto que la pregunta como tal genera, repasemos los motivos por los cuáles se tienen fuerzas armadas en diversos países:

1.)    Defensa de la Soberanía Nacional: La soberanía entendida geográficamente como los límites espaciales del territorio donde reside una nación.

2.)    Amenazas de otros países: La defensa contra invasores, colonizadores o enemigos de nuestro sistema de vida o nuestros ciudadanos, dentro o fuera del país.

3.)    Amenazas dentro del país mismo: La defensa contra nosotros mismos, cuando nuestros congéneres se vuelcan en contra de nosotros.  Preservación del orden interno.

4.)    Defensa del “honor” y los símbolos patrios: El gentilicio amenazado por culturas foráneas, o vilipendiado por extranjeros.

Aparte de estos motivos, podríamos agregar también las fulanas “ayudas humanitarias”, misiones de paz que parten hacia los confines de la geografía nacional o del mundo, a prestar ayuda en caso de siniestros, catástrofes naturales o guerras civiles, precisamente, en otros países, como los Cascos Azules de las Naciones Unidas. 



Analicemos entonces, cada uno de estos “motivos” que teóricamente, justificarían la existencia de fuerzas armadas en un país como Venezuela.  La Defensa de la Soberanía Nacional es la primera que nos viene a la mente.  Comenzamos a hilar involuntariamente conceptos familiares entre sí tales como fronteras, tierra, ciudades, recursos naturales, ciudadanos, país, y caemos en cuenta que la primera razón es una de defensa de aquellos valores que consideramos intocables y únicos a nuestra nación como ente abstracto.  Sin embargo, para asumir una posición de defensa, en primer lugar, debemos sentirnos amenazados, de lo contrario, defendernos de alguien que no nos amenaza es un contrasentido.  Esto nos lleva entonces a la segunda razón para sostener una estructura militar en un país: La amenaza de otros países.  En el caso de Venezuela, salvo el bloqueo naval impuesto en 1902-03 por Italia, Alemania e Inglaterra por motivos económicos, históricamente nuestro país no tiene rencillas con otras naciones que justifiquen armarse y permanecer alertas ante conflictos armados.  Repasando la historia patria de los últimos 50 años, surgen solamente tres incidentes dignos de mencionar y que tampoco justificarían sostener la estructura bélica que tenemos actualmente.  El primero fue la “invasión” de subversivos comunistas provenientes de Cuba a las playas de Machurucuto en 1967; el segundo el incidente con la fragata colombiana Caldas en 1987, y el tercero la colocación de las tanquetas en la frontera con Colombia en 2010, evento de mas reciente data protagonizado por el actual Presidente de la República.  Del resto, no figuramos en ningún conflicto mayor, ni en guerras mundiales, ni en pleitos tipo las dos Coreas o los dos Vietnams.  Nada, no tenemos enemigos o amenazas que justifiquen gastos exorbitantes como los que actualmente se sufragan en “defensa” de la nación.  Las amenazas al sistema jurídico nacional han sido protagonizadas principalmente por los militares mismos.  Desde 1835 hasta la actualidad, los militares nacionales han sido los principales protagonistas de doce ataques directos a la institucionalidad y el orden jurídico y constitucional establecido en el país.  Siempre a su vez, han conseguido justificar sus acciones violatorias de la legalidad en motivos como el restablecimiento del orden o el fin de sistemas corruptos que ya perdieron su legitimidad.  Lo curioso es que a través de actos ilegítimos han buscado “subsanar” políticas de gobiernos que en su criterio actúan de manera ilegitima, como si la violación de la ley fuera motivo para violarla de nuevo en la búsqueda de la solución al supuesto problema.

Por último, la defensa del Honor y los Símbolos Patrios han sido la excusa más burda que existe para dar rienda suelta al chauvinismo que sufren muchos ciudadanos de un país, quienes entienden el “patriotismo” como la acción de andar tarareando las estrofas del himno nacional o tener izada una bandera en la puerta de su casa.  Si un extranjero habla mal de nosotros es una “amenaza foránea” y si un nacional habla mal de su propio país es un “traidor a la Patria”. 

Muy por el contrario, han sido los militares precisamente los que han atacado en múltiples ocasiones a los ciudadanos mismos de la nación por medio de asesinatos, torturas, represión y violación de derechos humanos en Venezuela.  Han sido los militares quienes han permanecido a la espera de los tambaleos civiles para justificar el despliegue de tanques y aviones, soldados y municiones con la paupérrima excusa de “restablecer el orden”.  Lo grave de esto es que no existe en los textos legales, comenzando por la Constitución Nacional, una ley, orden o siquiera inferencia alguna que le de autorización a las Fuerzas Armadas de intervenir militarmente en medio de crisis políticas.  Sin embargo, seguimos rehenes de los militares y estamos a merced de sus armas y sus decisiones. 

En la actualidad, haciendo un balance objetivo de los beneficios que hemos obtenido con la presencia del aparato militar en la vida del país, el resultado es pobre y desolador: abusos de autoridad, desconocimiento de las instituciones, represión, corrupción, arbitrariedad, persecuciones y la cifra desconocida de muertos a manos del régimen militar, tanto el actual como los pasados.  En la actualidad los mayores privilegios los poseen los militares y haciendo aún más memoria, siempre fue así.  En tiempos de la mal llamada “IV República”, los militares gozaban de fueros inalcanzables para el resto de los mortales como importación de vehículos, beneficios sociales, exoneraciones fiscales y aduanales, carnets y placas de autoridad…todos lo recordamos porque todos lo vivimos. 

De la infraestructura nacional existente, si bien muchos hablan de las “maravillas de mi General Marcos Pérez Jiménez” y de cómo construyó carreteras, hoteles y edificios, sería bueno indagar si los albañiles y constructores de aquellas obras eran sargentos y cabos que pertenecían al ejercito.  Lo dudo ampliamente.   En el ámbito político, nuestra inercia ciudadana ha permitido que la influencia militarista permee la capa civil de la vida nacional, al punto en el que hoy en día vemos generales en cualquier posición de gobierno, desde las empresas básicas del estado hasta ministerios que en nada tienen relación al tema militar.  En resumidas cuentas, el aporte que las Fuerzas Armadas han hecho a Venezuela como la conocemos hoy, lejos de ser positivo ha sido un total y absoluto desastre, en el cual nos encontramos con un elefante blanco que dentro de la paranoia natural a su condición militar nunca se siente seguro y por eso malgasta los dineros de la nación comprando cada día más y más armas, sistemas de defensa, aviones, municiones, uniformes que no tienen sentido de ser, si no para alimentar las arcas de la igualmente voracidad que viene acompañada con el uniforme militar.  Sin militares la matraca no se puede hacer valer.

 En la próxima entrega hablaremos acerca de los beneficios que nos dejará como país prescindir de las Fuerzas Armadas. 

Juancé Gómez